lunes, 22 de septiembre de 2014

El mezquite

EL MEZQUITE


(Todos los derechos reservados)

Eduardo José Alvarado Isunza

ealvaradois@yahoo.com

El mezquite muestra, sin estremecerse, rayas del tiempo en su piel.

A sus dedos llegan pájaros que pacientemente hacen casas, mientras otros inquilinos se entretienen adornándolas. Allí nacerán quienes poblarán nuevos mezquites.

Hormigas rojas con microscópicos banquetes en sus lomos, desfilan hacia dentro de su carne, en donde tienen su morada.

Otros vecinos se nutren golosamente con sus víctimas o nerviosos se ocultan en sus hojas.

Vienen los niños deshidratados de jugar futbol y se acomodan bajo su sombra. Uno se introduce en un boquete, en donde habitan una bruja y una zorra.

Truenan rayos en el cielo y cae la lluvia. Corren los niños y el agua escurre a ríos por las cicatrices del inválido mezquite.

Un odioso relámpago le desmiembra con violencia un brazo y deja marcas en su cuerpo, nomás para afirmar su existencia, sólo para decir al mundo: ¡Aquí estoy también!

Deja de tronar y de llover. Llega la noche y con las sombras vienen ocultándose una bruja y una zorra a ocupar el agujero.

Al día siguiente, nuevas familias de pájaros se presentan con todo y muebles, las hormigas arrastran delicias a sus cocinas, las arañas tejen redes y saborean la sangre de otros insectos.

Los niños encuentran un hoyo más profundo y husmean sorprendidos con sus ojos. Entre la oscuridad descubren las siluetas de un caldero humeante en la estufa. Algo olfatean y huyen espantados cuando las sombras de la noche comienzan a bajar...

El mezquite seguirá allí, con sus pies hundidos en el suelo, moviéndose apenas con tanta vida en su corteza, con un ligero cosquilleo en sus nervios, mientras el relámpago y el hacha permitan su existencia.

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